16 de abril de 2017

[Hasta el día de ayer] Capítulo I: «El principio de algo esperado»

Cuando salí hoy, no sabía si ir a aquel lugar o sólo caminar sin rumbo para despejar mi mente y relajarme de todo lo que había pasado. Pero simplemente llegué a donde no quería ir, allí lo único que se encuentra son recuerdos, malos recuerdos y lágrimas.
Hoy, 17 de julio, se cumple un año más y todo lo que se respira es lo sucedido aquel día.
Antes de seguir me presentaré, me llamo Thais Leighton, sí lo sé, es un nombre raro, pero mis padres eran fanáticos de la cultura egipcia y lo decidieron para mí. Soy la menor de cuatro hermanos y la única mujer, lo que me hace la consentida y regalona.
El mayor de ellos se llama Julián, me pasa por ocho años y es lo que se puede decir el jefe de familia, gracias él hoy soy lo que soy.
En el aspecto físico es un chico guapo, y no lo digo porque sea mi hermano, he notado a varias chicas mirándolo al caminar, debo admitir que sus ojos casi verdes llaman la atención. Lamentablemente por ellas, mi hermano no tiene permiso de salir con ninguna.
Recuerdo cuando mi abuelo venía de visita, contando sus historias de sus tiempos mozos, de cómo las chicas lo perseguían porque quedaban embobadas con sus ojos, que según, eran la envidia de varios de sus compañeros. Sólo él supo qué de todas esas historias eran verdad y qué era mentira.
—¿Dónde está mi regalón? —Solía decir antes de saludar a cualquiera.
—¡Aquí! —le respondía Julián desde donde se encontraba, la mayoría de las veces, en casa de mis vecinos. Aún me pregunto cómo escuchaba a mi abuelo entrar.
 —Sólo es tu regalón porque sacó tus ojos —le reprochaba mi madre cada vez que mi abuelo llegaba. A lo que él simplemente le respondía con una gran sonrisa.
Volviendo a mi hermano, pertenecía al equipo de basquetball del Instituto al cual asistía, que es el mismo al que voy hoy en día. Eso justifica su altura. Un poco más y ya comenzará a darse golpes con los marcos de las puertas cada vez que entre y salga de alguna habitación y, de paso, será motivo de burlas de parte de nosotros, porque ya su cuerpo de deportista es razón de constantes risas, es el único que tiene los músculos tan marcados.
A sus veintiséis años nos ha cuidado y criado a todos, dejando de lado el exitoso futuro que tenía proyectado en la Universidad.
Franco es él que sigue, con tres años menos que Julián.
No es bueno que lo diga, pero está algo loco, lo único que hace es reír y jugar a su estilo, no hay nadie en el mundo que se salve cuando le da por poner a prueba su hobby: molestar.
La última encuesta hecha por mí y basada en suspiros de chicas, arrojó como ganador a Franco, por ello deduzco que es él más lindo de mis tres hermanos. A pesar de tener un aspecto bastante desarreglado, sobre todo en el cabello.
—¿Cuándo te cortarás ese pelo, Yorkshire[1]? —Suele decir Julián con burla al verle los mechones rubios oscuros colgarle hasta los ojos.
—Cuando dejes el estilo militar —responde Franco tocando la cabeza castaña clara del mayor—. Y de paso, cuando te afeites.
—Si aún está corta —se defiende Julián acariciando su adorada barba que según lo hace lucir encantador.
Matías es él que me antecede, tiene dos años más que yo. Es un revoltoso, desordenado y, como Julián dice, un rebelde, pero tiene una cualidad que es insuperable, escribe las mejores historias de terror del mundo, mucho mejor que Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, aunque sólo las relata una que otra vez. Siempre hace que se ericen los pelos de los brazos.
El menor de mis hermanos, en la parte física, es casi la copia de papá. Mamá acostumbraba a mostrarme fotos de ellos cuando eran jóvenes, me contaba las historias de cómo se conocieron y enamoraron, estaba muy pequeña para entenderlas y recordarlas a la perfección, pero lo que si me acuerdo es lo que hablaba de las fotos.
—Aquí está tu papá cuando tenía dieciocho años —me decía mientras me mostraba una foto desteñida, que casi parecía en sepia, en el álbum de fotos de su juventud.
—Tiene el pelo como Math —le respondía mirando lo que mamá me enseñaba.
—¿Yo, qué? —preguntaba mi hermano que siempre andaba cerca, nunca supe de dónde salía.
—Que tienes el pelo y los ojos de tu papá —le contestaba mamá con dulzura, esa típica de las madres que aman a sus hijos más que cualquier cosa.
—No es verdad —reclamaba luego de ver la foto—. Soy más lindo en todo.
—Tú eres feo —interrumpía regañándolo cada vez que sentía ofensas para el héroe al que llamaba papá.
—Te pareces a tu papá y punto —decía riendo mamá mientras acariciaba el cabello ondulado y castaño oscuro de mi hermano.
En pocas palabras, y describiendo a mis hermanos, ellos son geniales y son los mejores.
Al igual que Julián, Matías y yo compartimos el gusto y la pasión por el basquetball, aunque últimamente no lo hemos practicado mucho. Por eso no es raro que ellos sean tan altos como los jugadores de la NBA, mientras que yo siento que les llego a las rodillas, aunque sólo soy una cabeza y media más baja que Julián. Esto me convierte en la enana del grupo, por eso me llaman pequeña, y no me molesta para nada, me agrada bastante que me consientan tanto.
Vivimos en un lugar que no es denominado clase media ni baja.
Yo diría que es el sector problemático, aquí todo gira alrededor de los que tienen y los que no. Y es la calle principal, la que recorre toda la ciudad, la que nos divide dependiendo de nuestra situación.
Si seguimos por esta calle hacia arriba, nos toparemos con la gente que posee mucho dinero. Aquel sector se divide en dos, a la izquierda están las personas que sí piensan en sus semejantes. Mientras que a la derecha son personas crueles, que no les interesa más que hacer daño a los demás, y es gente que no vale la pena mencionar, aunque toda nuestra ciudad gire en torno a ellos. Nadie tiene la valentía suficiente de ponerse en su contra o de hacer algo que los perjudique, excepto por los que vivimos en este sector, nosotros si le hacemos frente, aunque mis hermanos y yo debemos mantenernos alejados de eso.
Nuestra casa no es grande, pero los cuatro estamos cómodos, a no ser que lleguen visitas, como los que viven cerca de nosotros, a los que llamo «la pandilla». Pero no somos eso, sólo somos amigos y nos queremos como hermanos, somos muy unidos, siempre que uno tiene un problema, está el otro para ayudarlo.
Presentado al resto del grupo, empezaré por el segundo al mando, como se denomina él, su nombre es Christopher O’Brien y le decimos Chris, tiene un mes menos que mi hermano Julián, por eso dice ser el segundo al mando. Es un don Juan de primera, pero sólo de rubias, tiene sus gustos el niño. Es tan alto como Julián y el más chistoso de todos, siempre diciendo alguna tontera para que todos se rían, le encanta ser el payaso, aunque prefiere que le digan bufón.
Y, para terminar, los últimos miembros del grupo son los hermanos Kevin y Nick Sheldon, ellos son nuestros vecinos del lado izquierdo, donde Julián pasaba la gran mayoría de las tardes. Kevin es el mayor, tiene un año menos que Julián, le encantan los coches y llamar la atención de las chicas sea como sea, incluso convirtiéndose en un problemático, según así se ve más rudo.
Junto con algunos chicos de los alrededores suelen hacerle frente a los de clase alta, por suerte, su hermano lo tiene controlado, sino hace rato que tendríamos un miembro menos. Chris y Franco suelen unírsele, a veces creo que son adictos a las peleas.
Mientras que Nick es más parecido a Matías, por algo es su mejor amigo. Juntos han hecho historias maravillosas, no sólo de terror, sino de muchas cosas. Son de la misma edad y compañeros de clase. Es más bajo que Matías y más alto que Kevin, trata de mantener a su hermano alejado de los problemas, aunque eso le cueste mucho trabajo, pero al final Kevin termina haciéndole caso a su bebé.
Nick, Math y yo vamos al mismo Instituto, es agradable sobre todo para San Valentín, tanto mi hermano como mi vecino reciben bastantes chocolates, ese día se come rico.
Mis padres fallecieron en un accidente de avión, ellos no iban en el avión ni nada, se encontraban un día cerca del aeródromo en su coche, cuando una avioneta cayó por problemas técnicos. El piloto intentó hacer un aterrizaje forzoso que, obviamente, falló.
Yo sólo tenía diez años cuando ocurrió todo eso, desde ese entonces Julián se ha hecho cargo de nosotros, luchando con la justicia para que no nos mandaran a un orfanato. Logró obtener nuestra custodia, a pesar que él apenas tenía dieciocho años y es por ese motivo que debemos mantenernos alejados de cualquier tipo de pelea, ya que el más mínimo detalle en contra de cómo nos cuida, corre a favor de ser removida, y eso significa la separación de todos, no creo que alguien nos desee adoptar a todos juntos.
Desde aquel entonces se dedicó a trabajar, tuvo que dejar la beca que se había ganado para sus estudios universitarios y dedicarse a «criarnos».  Franco, a sus dieciséis años, se retiró de la escuela para ayudar a Julián, cosa que a mi hermano no le agradó nada, él quería que Franco siguiera estudiando, pero éste le dijo que no, que él no tenía cabeza para eso, que prefería trabajar y ayudarlo a estar perdiendo el tiempo en algo que no le traería frutos. Julián al ver que no podía convencerlo, lo dejó.
Por otro lado, Matías entró en una depresión tan fuerte que estuvo un año sin asistir a clases, no podía ver la cara de sus compañeros. Nick lo acompañó en su año de tristeza dejando de ir al Instituto para seguir siendo compañeros. Lo supimos sacar adelante y ahora ya terminó, logrando obtener excelentes ofertas para entrar a la universidad, por sus notas le dijeron que pagarían todos sus estudios, estudiara lo que estudiara, esto tiene a Julián muy orgulloso de Maty.
Yo, por otro lado, aún estoy en la escuela, me queda el último año y al fin libre y, como le dije a Julián, me tomaré un año sabático luego de salir, ya veré qué hacer después, a lo que me contestó:
—Terminarás la escuela con excelentes resultados, obtendrás becas y estudiarás —ordenó con aquel tono tan característico de mi hermano.
—Pero, hermanito —dije sutilmente—. Quiero descansar.
—No hay descanso —habló un poco más calmado—. Estudiarás y tendrás profesión, quiero que seas lo que yo no fui.
Y ya no me pude seguir negando, siempre he admirado a mi hermano por la fuerza que tuvo al hacerse cargo de nosotros, le debo todo lo que soy, y no quiero decepcionarlo, o por lo menos lo trato.


La historia que les quiero contar, comenzó hace unos años atrás, era un día de otoño, las hojas se veían caer por la ventana de mi habitación, aquel árbol majestuoso que en verano nos brinda días de sombra frente a tanto calor, tenía un color dorado y sus hojas empezaban a abandonarlo, dejándolo desnudo.
—Levántate y brilla —se escuchó una voz a la vez que se abría la puerta de mi habitación.
—No quiero —dije con fastidio—, tengo flojera. —Me arropé tapándome hasta la cabeza. Sentí que alguien saltó sobre mí—. Math, deja de molestar. —Lancé unos cuantos golpes con mis piernas, desde debajo de las sábanas.
—Me di el trabajo de despertarte con las frases típicas de Dean —se burló—. Dean, Dean, Dean, desde que comenzó esa serie no haces más que hablar de Dean.
—Si es tan lindo —suspiré mientras salía de entre mis sábanas e intentaba a amarrarme el cabello largo y rizado castaño oscuro—. Es mi novio, no lo trates mal. —Lo miré molesta, pero en juego.
Matías soltó una estrepitosa y sarcástica risotada que estremeció la habitación.
—Ándate de aquí, feo. —Comencé a darle golpes en la espalda—. Y eso no sólo lo dice Dean, también lo dicen en mi libro favorito de todos los tiempos.
—Sí, sí lo sé —respondió Matías, quedándose tranquilo frente a mis golpes, algo que me sorprendió, siempre se lanza sobre mí. Se quedó demasiado quieto.
—¿Eres mi hermanito? —pregunté para saber si estaba bien, buscando con la mirada aquellos ojos marrones—. ¿O te llevaron los extraterrestres y te cambiaron por otro? —me burlé.
No obtuve respuesta, dejé de darles golpes en la espalda y me acerqué a Math para ver que tenía. Cuando ya estuve casi sobre su espalda, se giró y me agarró de la cintura dejándome colgada de su hombro, siempre me tomaba así y me paseaba por toda la casa como si fuera un saco de algo. En ese momento estaba haciendo lo mismo, me llevó hasta la cocina, donde se encontraba Julián preparando el desayuno.
—Ve a bañarte —me dijo.
—Sí, ya voy —respondí entre risas.
Me siguió paseando y llegamos a la habitación de Franco, que se estaba vistiendo con su uniforme de trabajo, mi hermanito trabaja en el cine. Me besó en la frente y se fue a la cocina a ayudar a Julián.
—Llévame al baño —le ordené a mi medio de transporte.
—No —contestó mientras seguía caminado por toda la casa.
Salió por la puerta de atrás y me dio una vuelta por todo el patio.
—Baja a ese ballenato —se escuchó una voz llena de risa—. O quedarás con dolores por todo tu cuerpo —continuaba la voz a carcajadas.
—No es gracioso —grité con algo de enfado—. Cara de duende, feo y antipático. —Kevin se asomaba por la ventana de su habitación.
—No le digas ballenato al ballenato —se burló Math.
—Se pasan —fruncí mi ceño—. Después andan llorando porque no les hablo.
Matías me llevó dentro, olvidándose que debía agacharse al pasar por la puerta, como consecuencia, mi cabeza chocó contra el marco y, en vez de haber burlas por Julián y su altura, fueron para mí y la altura de Math.
Cuando me soltó, besó mi frente en recompensa por el golpe. Fui al baño a darme una ducha y a prepararme para el día que me esperaba. Una vez que estuve lista, Julián llamó al desayuno.
Al llegar a la mesa estaban todos sentados, habían llegado: Kevin, Nick y Chris, es típico, nunca faltan para la hora de comer.
—Llegó el ballenato —rió el trigueño que estaba sentado a la mesa.
—No me molestes, Kevin —le dije mientras pasaba por atrás de él dándole un golpe en la cabeza.
—¡Auch!, eso dolió —gritó a medio tono.
—Te lo mereces —reí mientras me sentaba en el lugar que me había sido asignado hace ya varios años, entre Julián y Kevin.
Terminamos de desayunar y llegó la hora de las separaciones. Julián siempre era el primero en salir, se despidió de todos y se marchó.
A la hora después el turno era de Franco y Chris, que convencían como fuera a Kevin para que los dejara en sus respectivos trabajos, ya que éste se marchaba a las carreras de autos.
Al ser día sábado, todos llegarían más temprano, los que nos quedamos en casa decidimos hacer algo para matar la rutina de los días con tareas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Nick.
—No sé —respondí—. Vamos a las carreras a ver a Kevin.
—Vamos a las carreras a ver a Kevin —se burló Math—. Sabes que no puedes ir.
—No la molestes tanto —le dijo el chico de cabellos dorados que estaba sentado frente a mi hermano.
—Nunca me dejan ir —reclamé—. Todo por ser mujer.
—Eso no es culpa de nosotros —rió Math.
—No es justo —continué reclamando mientras apoyaba mi cabeza entre mis brazos que estaban sobre la mesa.
—Arrendemos una película —propuso Math.
—Una de terror —siguió Nick.
—Vamos —les dije—. Quiero comprarme una nueva camisa para el Instituto —añadí levantando mi cabeza de donde la tenía—, ya que una de las mías la manchó Franco ayer cuando intentaba lavar la ropa.
—Pero… —Math habló con astucia—, es sábado. —Clavó sus ojos en mí.
—Sí, eso lo sé —respondí—. ¿Qué tiene?
—Tiene que hay cosas que lavar. —Nick me miró con sus azules ojos—. Es sábado y los platos no se limpian solos.
—Bien —contesté molesta—. Me quieren dejar.
—Es tu trabajo —respondieron los dos al mismo tiempo.
—A ti siempre te ha tocado el día sábado —habló mi hermano.
—Y a Math el domingo —le siguió Nick—. A Kev y a mí nos toca a la hora de la cena.
—Entonces vayan —les dije mientras me paraba—. De paso, se van con Kevin y luego me cuentan cómo les fue. —Caminé a la cocina, solo escuché risas de parte de ellos.
Comencé a lavar los trastos, era cierto lo que decían, los sábados me tocaba hacer lo mencionado por ellos, del desayuno y del almuerzo, ya que no me dejan cocinar me relevan a la limpieza y de paso la casa completa, eso incluía las habitaciones de mis hermanos.
A los pocos minutos de empezar con mis deberes, se fueron por la película.
Deben haberse tardado poco más de una hora, yo ya había terminado de lavar y estaba ordenando un poco mi habitación, cuando escuché la puerta abrirse y voces familiares.
—Es un milagro. —Una voz burlona se sintió tras de mí—, estás limpiando tu habitación.
—Hoy se despertaron con ganas de molestar —dije mientras me daba vuelta.
—No, claro que no —respondió riéndose.
—¿Qué película arrendaron, Nick? —pregunté al chico de mirada penetrante que tenía frente a mí.
—1408 —contestó sin quitar su sonrisa.
—¿La veremos cuándo lleguen todos? —indagué sosteniendo mi mirada a pesar que me sentía nerviosa, sin saber por qué—. ¿O cuando termine?
—Cuando quieras, pequeñita —dijo mientras se lanzaba sobre mi cama.
—¡Nick! —se escuchó un grito que venía del pasillo, fuera de mi habitación—. ¡Nick!
—¡¿Qué?! —preguntó gritando el muchacho acostado en mi cama.
—¡Ven a ver la película! —Esta vez fue mi hermano el que elevó su voz.
—¡Esperemos a tu hermana! —Continuaron los gritos desde mi habitación.
—Math ya me olvido —musité a Nick mientras me acostaba junto a él.
—Te quiere hacer enojar —sonrió mientras me abrazaba.
—Eso es siempre —susurré mientras me ponía un poco sobre él para ver esos ojos tan lindos que tiene.
—Estás cada día más linda —su voz era suave me hizo bajar la mirada, presentí que mis mejillas ardían.
—¿Qué tienes? —pregunté sorprendida por lo que había dicho, sin mirarlo.
—¿Yo? Nada —respondió mientras se sentaba en la cama, pero sin dejar de mirarme a los ojos marrones oscuros.
—Si estás raro —le dije un poco nerviosa, volviendo mi vista a él.
—No lo estoy —susurró mientras su mano acariciaba mi mejilla.
Me quedé pegada mirando esos ojos que me dejaban loca, Nick me gustaba y mucho, desde siempre, pero nunca se lo había dicho, por el simple hecho que todos somos como hermanos.
Yo no había podido olvidar, que años atrás cuando ambos éramos unos niños, sus labios y mis labios se habían unido para que yo no gritara. Él me había jalado de mis rizos y para que no lo acusara, juntó sus labios a los mío. Con sólo recordarlo mi estómago se apretaba y sentía eso que los románticos llaman mariposas.
Su mano suave recorrió mi mejilla tiernamente, muchas veces me hacía eso, pero ese día se sentía distinto, aunque sólo fueran unos segundos para mí fue eterno, no quería que quitara su mano.
De a poco su mano llegó a mi cuello, se quedó tranquila mientras los dos nos veíamos a los ojos, sentí que se acercaba más y más, no me moví, me quedé quieta, mi corazón latía a toda prisa, por un momento pensé que se saldría, mi respiración se aceleró, hasta que sus labios se juntaron con los míos, mis ojos se cerraron. Nick me empezó a acostar en mi cama, mientras me besaba suavemente. Su mano en mi cuello y mis brazos alrededor del suyo, no quería despegarme de él, eso que pasaba era un sueño, siempre quise que pasara pero nunca lo vi realidad. Es decir, después de aquel beso de niños nunca más hubo siquiera un intento de algo más entre los dos. Sólo hermanos y ya.
—Muévete —dijo Math mientras le tocaba la espalda a Nick.
—Vamos a ver la película. —Nick se sentó rápidamente, dejando su mano en la cabeza, un gesto que hacía siempre que se ponía nervioso, al igual que mi hermano.
—Explícame que está pasando aquí —ordenó mi hermano mirándome fijo a los ojos.
—Yo… —hablé mientras me sentaba en la cama—, yo… no sé.
—Vamos a ver la película —volvió a decir Nick, que se había puesto de pie y me daba la mano para que yo también lo hiciera.
—No se mueven de aquí hasta que me expliquen qué pasa. —Math comenzaba a enfadarse.
—No pasa nada, Maty —añadí al momento de darle la mano a Nick.
—¿Cómo que nada? —preguntó Matías con su típico tono enojado—. Los vi, besándose —agregó—, en frente de mí —continuó diciendo mientras su tono de voz subía—. ¿Cómo me haces esto? —Miró a Nick.
—Yo… —musitó el mencionado antes de ser interrumpido.
—Yo pensé que me amabas —habló Math con tono afeminado.
Mi hermano salió de la habitación soltando una carcajada estruendosa que se escuchó kilómetros a la redonda, seguida por las carcajadas de nosotros. Nick me tomó de la mano y salimos de la habitación, riéndonos aún por lo que había dicho Matías.
Nos fuimos a la sala, donde mi hermano estaba poniendo la película. Nick se sentó en el sillón grande y me dijo que me sentara junto a él, me abrazó y entrecruzó sus dedos con los míos.
Desde ese día que somos novios, cuando tenía dieciséis años, era el primer y único novio que quería. Pasamos momentos maravillosos, cosas que nunca olvidaré.
Todos en casa sabían, y era algo que esperaban que pasara. Son cosas que suelen suceder cuando se vive en un lugar con personas tan unidas. Yo pensaba que nadie se había dado cuenta de mis sentimientos por el chico, qué equivocada estaba. El único que no lo había notado, era precisamente quien quería y a la vez no quería que supiera: Nick.


Un año pasó en un abrir y cerrar de ojos, desde que él y yo nos hicimos novios. Uno inolvidable, por las cosas que sucedieron, para bien y para mal.
Recuerdo muy bien aquel día, yo venía del centro comercial.
Era típico, siempre que Franco se metía en el lavado, tenía que salir a comprar una camisa nueva para el Instituto ya que las mías quedaban con manchas de cloro por todos lados. No era tarde, aún no anochecía, pero los rayos del sol eran cada vez más débiles y un frío viento otoñal acariciaba mis mejillas mientras caminaba. Ya estaba cerca de mi casa cuando escuché el sonido de un auto y luego pasos.
Me apuré, sospechaba que algo pasaría.
Entonces me rodearon unos tipos, de esos que piensan que el mundo es de ellos sólo porque tienen dinero y, según, nadie les puede hacer algo, creen que pueden estar molestando y acosando a cualquiera que no pertenezca a los suyos.
Uno se me acercó y dijo:
—No estés muy contento, tu felicidad acabará pronto. —Rió al tiempo que me tomaba del mentón.
Era la primera vez que me los topaba sola, siempre salía acompañada y me defendían, en cualquier caso, pero también me habían enseñado a dar golpes para defenderme en el caso que algún día pasara aquello, con órdenes estrictas de sólo usarlo siempre y cuando la ocasión lo ameritara. Cosa que aprendí fácil y que usaba casi siempre con Math y Nick, me gustaba dejarlos llorando.
—¿A qué te refieres? —pregunté con tono amenazante.
—¡Eres una niña! —exclamó sorprendido—. Por cómo te vistes pareces hombre. —Al decir eso, su mirada me recorrió de pies a cabeza.
No dejé de mirarlo a los ojos, los tenía color negro, con algo extraño, algo que no me daba confianza. Me reí al escuchar que me vestía como hombre, para todos los que me conocían era normal, ya que yo era —y a veces sigo siendo— un niño más en mi casa. Y mis ropas no eran de hombre, eran de mujer, pero ese día andaba con el cabello tomado en cola y a la vez agarrado a la gorra, mostrando a simple vista que lo tenía corto. Unos jeans negros desgastados, una camisa color verde y encima una chaqueta que Nick había olvidado en mi casa y yo me dejé, es mi favorita al ser de jeans y por dentro estaba forrada con esa cosa que parece piel de oveja, que era lo mejor para el frío que hacía.
—Corrijo lo dicho. —Rió el tipo—, tu felicidad está a punto de comenzar —dijo tomando más fuerte mi mentón.
—¡Já! —Fue lo único que contesté mientras le corría mi cara y quitaba su mano.
—Nos volveremos a ver, preciosa —añadió antes de marcharse.
Pensé que me harían algo más, por suerte no.
Se escucharon unos ruidos y corrí para llegar a mi casa. Al divisarla vi a Julián afuera, me dio la impresión que me esperaba, corrí más rápido y llegué donde él.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupado.
—Unos tipos —le dije con agotamiento después de haber corrido—, esos malditos que se creen dueños del mundo.
—¿Te hicieron algo? —indagó mientras me miraba por todos lados buscado algún tipo de herida—. Cuidado con el vocabulario que usas.
—No —respondí—. Sólo hablaron.
Le conté lo sucedido y entramos a la casa. En ella estaban Nick y Kevin, el primero se apresuró a abrazarme al ver la cara que traía y me preguntó qué pasó. Me acompañó a mi habitación, charlamos largo rato y me prometió que siempre me cuidaría, que nunca dejaría que alguien me hiciera daño. Encendió la radio, sonaba una canción sobre un héroe.
—Quiero ser tu héroe —empezó a cantar Nick en mi oído, con suavidad, en susurro. Hasta que prefirió hacer otra cosa.
Dejó de cantar para juntar sus labios con los míos, me besó tan profundo que no me dejaba respirar, me acostó en la cama y ya sólo me daba besos suaves.
—Sé que no te gusta ese tipo —dijo riéndose—, pero esa canción era perfecta para el momento.
—Lo sé —susurré mientras lo abrazaba por el cuello y lo atraía hacia mí para seguir besándolo.
Y así nos quedamos por un rato hasta que ambos nos dormimos.






[1] Yorkshire: raza de perro al que le cuelga el pelo tapándole los ojos.

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